Las canciones que me hicieron ser quien soy

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Cuando éramos pequeños, a veces mi padre ponía las canciones que le gustaban en el radiocasete de nuestro Volkswagen Jetta. Digo “a veces” porque, en honor a la verdad, no eran tantas las ocasiones en que le permitíamos alternarlas con nuestras exquisitas preferencias. Las de mi hermana y las mías eran básicamente la banda sonora de He-Man (descubrid qué famoso vocalista español era el cantante y alucinad) y el disco de los dibujos animados de Telecinco; mientras que las de mi madre solían ceñirse a los entretenimientos sonoros que creía más convenientes para seres de nuestra edad: audio cuentos clásicos, los psicodélicos guateques de Horacio Pinchadiscos y, cuando se ponía dramática y no podía evitarlo, rancheras que hablaban de dolorosas separaciones y muertes.

Yo entonces no lo sabía, pero tanto la música elegida por mi madre como, sobre todo, la que ponía mi padre -The Beatles, Elvis Presley, Sisa, Roxy MusicPink Floyd, The Doors, Bobby Vinton, The Zombies, Serrat, Los Burros y otros tantos- dejaron un poso muy profundo en mí que me ha hecho amar la música que amo, escribir las canciones que escribo y, en definitiva, ser la persona que soy hoy en día.

Pero hubo una canción que me marcó más que las otras. Recuerdo sentir su irresistible magnetismo nada más escuchar los primeros acordes. Recuerdo exigir una traducción inmediata, ya que estaba en inglés y yo, por aquel entonces, no entendía ni una sola palabra del idioma de Shakespeare.

Mientras mi madre, que nunca se interesó por el tabaco, encendía un cigarro para mi padre y le daba de fumar (todavía hoy ese me parece uno de los gestos más íntimos y sensuales que puede dedicarle una mujer a su hombre), mi padre nos contó que trataba sobre un astronauta se había quedado atrapado en el espacio y hablaba con su mujer y sus hijos a través de la radio de su nave. A medida que la canción avanzaba, mi madre -que tampoco sabía ni una palabra de inglés pero siempre fue muy imaginativa- empezó a “traducir” con gesto grave y gran solemnidad: “Desde aquí veo el mar, desde aquí veo la tierra, desde aquí veo el oscuro espacio. Esta soledad es más grande que el mismo universo. Hijos míos, siempre os querré. Sed valientes. Portaos bien con mamá”. Imaginar a aquel hombre encerrado en su nave a centenares de miles de kilómetros de la tierra y hablando con su familia sabiendo que jamás volvería a verlos me produjo una gran impresión; una sensación de melancolía tan profunda, que de algún modo se quedó inextricablemente unida a mi historia familiar y a mi forma de ser para el resto de mi vida. Yo solo tenía cinco años. La canción, lo supe muchos años después, era “Space Oddity”, de David Bowie.

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