Toda ella era como el primer trago de Coca-Cola

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Una vez, cuando tenía diecisiete años, mientras me escabullía por el pasillo que conducía a la puerta de salida del instituto, alguien me llamó desde el cuarto de baño de las chicas. -Eh, oye, ¿puedes venir un momento?-.

A punto estuve de pasar de largo, pues era uno de aquellos muchos días en los que decidía aprovechar el descanso entre clase y clase para dar por concluida mi actividad estudiantil y no quería entretenerme. Además, ya estaba advertido; si me pillaban haciendo campana otra vez, significaría la expulsión temporal.

Pero algo me retuvo. Algo con voz de mujer. Al principio no reconocí ese tono suave pero algo ronco; del tipo que me gustaba entonces y me sigue gustando ahora.

La puerta del baño estaba entornada, y mientras yo alargaba el brazo para abrirla del todo, por la ranura pude ver un ojo de color violeta (sí, violeta) que me miraba.

¿Podría ser…? Y aunque ella se había girado de espaldas a mí y ahora me escrutaba a través del espejo que había tras el lavamanos, pude reconocerla perfectamente. Era Júlia.

Aunque íbamos al mismo curso, estábamos en clases distintas y ella era dos años menor que yo. Y no porque fuera una especie de superdotada, sino porque yo había repetido primero de bachillerato por segunda vez consecutiva.

Todos los chavales rebeldes, marginados, inadaptados o todo a la vez del instituto estaban -estábamos- locos por ella. Y es que Júlia era la personificación de una reina underground de los dos mil.

Toda ella era como el primer trago de Coca-Cola que das a una lata recién sacada de la nevera: fría, oscura y tan efervescente que hace que se te salten las lágrimas.

Su pelo era castaño, un poco ondulado y con algunos mechones más claros que a veces se teñía de rosa, azul o verde según el humor del que estuviera. Y luego estaban sus ojos. Unos ojos de un hipnótico azul oscuro con motas violáceas que no he vuelto a ver en mi vida. Tenía la piel blanca y la nariz menuda. No llegaba ni de lejos al metro sesenta, pero su cuerpo curvilíneo y muy rotundo para su edad (nunca me gustaron delgadas) estaba excepcionalmente bien proporcionado.

Vestía tejanos oscuros un poco acampanados, camisetas negras y una chaqueta militar verde caqui en la solapa de la cual llevaba colgando la insignia plateada de un Mercedes como muestra de su desprecio por el capitalismo.

Sacaba unas notas excelentes aunque parecía no esforzarse demasiado. Era distante y no se le conocían muchos amigos porque, según decían, se relacionaba con gente más mayor. En clase siempre tenía una opinión, generalmente crítica, sobre cualquier tema. Muy pocas veces se la veía sonreír.

Pero volvamos al cuarto de baño.

La verdad es que tardé un par de minutos en comprender lo que estaba pasando.

Mientras con la mano izquierda Júlia presionaba contra su mentón varias capas superpuestas de papel higiénico empapadas en sangre, con la derecha trataba de limpiar con poco éxito el lavamanos; el cual, a juzgar por la cantidad de líquido rojo que se deslizaba pila abajo, parecía más bien una trituradora americana en la que alguien hubiera acabado de hacer desaparecer un pedazo de carne humana recién cortada.

Al principio pensé que había sufrido algún tipo accidente; pero cuando me pidió que cogiera más papel y la ayudara porque la herida no paraba de sangrar y se estaba mareando, lo comprendí todo...

Continuará

T. C.

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