El hombre que no era nada

Browse By

Mauricio J. era un hombre corriente. Medía un metro setenta y seis, tenía un sobrepeso moderado, los ojos marrones, las pestañas largas y un cabello castaño, fino y poco abundante que clareaba sobre la frente. La perilla negra que cubría su doble mentón trataba de compensar -con escaso éxito- una cara redonda cuyo rasgo más representativo eran unas mejillas sonrosadas y regordetas. De haberse afeitado la barba, hubiera parecido un bebé peludo de treinta y tres años.

Tenía un gusto curioso para la ropa. Aunque todas sus prendas eran básicas y funcionales, sentía una especial predilección por los estampados y los colores vivos, que vestía sin prestar ninguna atención a los cánones establecidos sobre cómo deben combinarse las distintas gamas cromáticas.

Un día, mientras caminaba por la calle sorbiendo un granizado de limón, reparó en que nadie se había fijado en jamás en él. No pensaba en el tipo de interés surgido tras una conversación o una serie de encuentros, sino en otro muy distinto; algo puramente físico e instintivo. Algo animal.

Nunca le habían llamado guapo; ni siquiera mono. Ni los amigos de sus padres cuando era un bebé, ni las gitanas que vendían romero los domingos en la iglesia, ni la camarera del bar donde iba a comer, ni siquiera las pescaderas del mercado. Tampoco había sentido que ninguna mirada se posara sobre él, no ya con deseo, sino con cierta curiosidad. No es que Mauricio fuera feo, no; solo que resultaba simple y llanamente anodino. Y lo sabía.

En honor a la verdad, ese pensamiento no le produjo a Mauricio dolor ni pena, sino simple inquietud metafísica: ¿Qué se debe sentir cuando los demás quieren conocerte y estar cerca de ti solo por tu aspecto físico? ¿Cómo hubiera sido de distinta su vida si su apariencia hubiera coincidido con los cánones hegemónicos de la belleza masculina occidental? ¿El mundo le hubiera parecido diferente? ¿La belleza le hubiera convertido en mejor o en peor persona? ¿Hubiera conocido ya los placeres del sexo o seguiría siendo puro y casto como hasta ahora?

Pero Mauricio vivía en el año 2067. Mauricio podía cambiar las cosas. Era tan fácil como pagar tres millones de Widecoins, entrar en el transmutador de materia y apretar un botón.

Mientras la puerta de la cabina se cerraba sobre su cuerpo estirado, escuchó una suave voz de mujer: “Bienvenido a New Horizon. Relájese y póngase cómodo. Piense en cosas hermosas: un prado lleno de amapolas, un cielo azul y despejado, un trozo de tarta de cerezas recién horneada…”. Ahora, respire profundamente. Solo notará un leve pinchazo y seguidamente un cosquilleo. No se preocupe, significa que el proceso de reemplazo molecular ha dado comienzo”.

Cinco horas después, Mauricio se despertó con una sensación extraña. La piel le ardía. Se sentía como si le hubieran limado el cuerpo entero. La voz de mujer le susurró las primeras instrucciones para su nueva vida: "Su tratamiento ha finalizado. Abra los ojos lentamente y respire hondo. Si siente quemazón, no se preocupe. Coja el pastillero que hallará en el compartimento que acaba de aparecer frente a usted y tome una píldora cada cuatro horas durante los próximos ocho días. El malestar debería remitir considerablemente en quince minutos y haber desaparecido por completo en el transcurso de 24 horas. Si las molestias persisten pasado ese tiempo, por favor, póngase en contacto con nosotros a través de nuestro servicio permanente de atención telefónica. Le agradecemos la confianza depositada en New Horizon y le deseamos que sea muy feliz”.

Se tragó la pastilla sin agua. Era cierto lo que decía la mujer; a los cinco minutos ya no notaba más que un leve picor. Alargó la mano para alcanzar el tirador interior de la puerta, que al abrirse verticalmente le hizo sentir como si fuera a salir de un Lamborghini Countach de color rojo sangre.

T. Cuadreny

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *