Parece que va a llover

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Parece que va a llover, sí. Pero solo lo parece. Y es la segunda vez esta semana. La sexta vez este mes, la decimoséptima vez este invierno, la septuagésimo primera vez este año. Parece que va a llover, pero nunca llueve. Nunca desde hace exactamente seis años, una semana y tres días.

Algunos dicen que la culpa es del cambio climático. Otros, que es cosa de los agentes químicos que liberó el ejército durante la guerra; pero la mayoría está de acuerdo en algo: dios definitivamente nos ha abandonado.

Esta tarde toca abastecimiento. Tras una cola eterna entre gritos y golpes, si tenemos suerte recibiremos tres litros de agua que deben alcanzar para beber, cocinar y asearnos durante una semana.

Hace setenta y dos meses la lluvia entristecía a la mayoría, aunque a mí siempre me había gustado. Hoy el sol resulta mil veces más deprimente que aquellas tormentas que hoy parecen tan lejanas.

El ejército custodia los pocos embalses, lagos y estanques en los que aún queda agua. La mayoría de ríos y fuentes se han secado; el precio del agua embotellada se ha quintuplicado sin que el gobierno haya hecho nada para evitarlo y la situación es cada día más desesperante.

Mi hija de seis años, una semana y tres días mira al cielo mientras me dice: “papá, esas nubes que se ven a lo lejos se están acercando. ¿No crees que esta vez seguro que va a llover?”. Yo siempre le contesto: “Parece que va a llover, sí”, mientras pienso: “pero solo lo parece”.

T. Cuadreny

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