“Verano 1993”: cuando fuimos niños

Browse By

Título: Verano 1993 / Género: Drama / Directora: Carla Simón Pipó / País: España / Año: 2017 / Duración: 1 h 37 m

“Verano de 1993” es la ópera prima de la directora Carla Simón Pipó. En ella conoceremos a Frida, una niña que pierde a sus padres a causa del VIH y queda al cuidado de sus tíos maternos. Junto a ellos vivirá un verano iniciático en el que establecerá nuevos lazos familiares.

El naturalismo y la honestidad con los que está rodada “Verano 1993” nos permiten ser testigos del proceso de duelo de la protagonista y su adaptación a un entorno desconocido para ella. La profundidad que transmite Laia Artigas, la actriz principal, dota a la película de múltiples matices -a veces inquietantes, a veces enternecedores- que aportan tensión y riqueza dramática al conjunto. Tanto su mirada repleta de compleja perplejidad como la relación que establece con su nueva hermana (la enternecedora Paula Robles), cargada de mitología infantil, recuerdan a otras excelentes interpretaciones preadolescentes del cine español: las de Ana Torrent en “El espíritu de la colmena” y “Cría Cuervos”. 

Dicho esto, vamos a lo que me interesa; lo que para mí ha representado la parte más emocionante de “Verano 1993”: aunque la película trata sobre la historia autobiográfica de su directora, en cierto modo también es la de todos nosotros, ex-niños catalanes nacidos en los ochenta. Ya tocaba que alguien nos hiciera un homenaje, que alguien se interesara por nosotros, que alguien proyectara frente a nuestros ojos nuestra infancia como si de un Cinexín se tratara. Ya tocaba, entre otras cosas, porque los de nuestra generación se encuentran en ese momento en el que no solo sienten nostalgia, sino que (con suerte), pueden haber alcanzado la solidez profesional y económica necesaria para materializarla audiovisualmente. Y sobre todo ya tocaba porque hace bastante más de una década que entramos en la edad adulta y parece que aún no hemos querido darnos cuenta.

Para el espectador catalán treintañero probablemente serán noventa y siete minutos de pura nostalgia; noventa y siete minutos de lo que significaba ser un niño a principios de los noventa: de San Juanes llenos de pólvora y hogueras; de Mini Milks, Frigopiés y Colajets comprados en los chiringuitos por cien pesetas; del Show de Xuxa, Chicho Terremoto y los Bom Bom Chip en la tele; de madres y abuelas que repetían “¡no habléis con desconocidos!” aún horrorizadas por lo ocurrido a las niñas de Alcàsser; de días que transcurrían lentos y de críos que salían al bosque a construir cabañas y a perderse (a veces, literalmente) hasta que el sol se ponía.

La película captura no solo el sentimiento de una época, sino también la brecha generacional que se abrió entre abuelos, padres y nietos en una Cataluña que, después de las olimpiadas, soñaba con ser europea. Y también captura realidades más oscuras, como los prejuicios de una sociedad que se enfrentaba a la epidemia del VIH con un ominoso desconocimiento. Muchos crecimos con la frase “¡Ni se os ocurra tocar la sangre de nadie!” y todavía recordamos casos como el de Montse Sierra, la niña malagueña portadora de VIH que en 1990 tuvo que ser escoltada por la policía para entrar al colegio porque el resto de padres se opusieron a que sus hijos compartieran aula con ella.

En “Verano 1993” se dan dos afortunadas paradojas: por un lado, a pesar de tratar inicialmente sobre la muerte, el filme acaba transformándose en una bella oda a la vida. Por el otro, elementos que podrían parecer locales como la naturaleza de La Garrotxa (Gerona) o el costumbrismo catalán estival, con sus tradiciones y su folclore, trascienden hasta elevarse a un plano auténticamente universal (como en realidad les corresponde). 

La película tiene momentos memorables; como cuando, a través de un juego infantil, Frida imita a su madre y lo que vamos descubriendo a través de su interpretación nos hiela la sonrisa; o la catarsis de la protagonista, que en vez de desencadenarse a causa de un suceso tan traumático como es la muerte, sucede inesperadamente al experimentar la felicidad por primera vez.

Pero si tuviera que quedarme con una escena, escogería sin duda la que me ha parecido más humana: tal y como a menudo hacemos cuando intentamos huir de la realidad y nos encontrarnos con una pavorosa noche cerrada, también Frida regresa con el rabo entre las piernas a un hogar que ni siquiera sabe si es el suyo. Eso sí, justo antes de cruzar el umbral que le es familiar levanta la frente con dignidad y musita “ya me marcharé mañana; ahora está demasiado oscuro”.

* Esta entrada está dedicada a Marta Bazaco; no solo la única cómplice infantil que puedo recordar sino también la fabulosa decoradora de escenarios de "Verano 1993". 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *